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Rayo 0-2 Real Madrid, La Grada

Una jornada que debería de ser un día de fiesta, de pasión en la grada, de emoción al desplegar tifos currados durante meses, de tensión ante la visita del grupo rival a tu barrio, de rivalidad en el campo y en la grada. Hablamos de la máxima expresión de lo que es fútbol, plasmada en un derbi. En la visita del enemigo más querido. Los señoritos de las casitas del barrio alto venían de visita a Vallekas. Dos modelos de fútbol, de vida, contrapuestos sobre un terreno de juego.

Eso es lo que los últimos años habíamos vivido, pero este iba a ser diferente. De momento la LFP, en otro alarde de respeto al aficionado, nos plantaba uno de los días más esperados por los aficionados en una jornada entre semana, un miércoles laborable. Pero esto no es novedad, lo excepcional este año es la situación del aficionado en su campo. Las medidas represoras llevadas por Tebas, y acatadas sin objeción alguna por el club, cuestionaban más que nunca el ambiente de un derbi.

Se presentaba más atípico y descafeinado que nunca. Un miércoles laborable y una huelga de animación anunciada por el grupo desde el día 20 de marzo, como protesta por las medidas represivas del presidente de la LFP Javier Tebas, ponían la nota triste a lo que debería ser una jornada de lucha y algarabía.

Pero la sorpresa llegaría a última hora, con los esfuerzos del grupo dando sus frutos: el club se comprometía a volver a la situación anterior a la huelga. Nos dejarían pasar ciertas pancartas, a excepción de la oficial del grupo, banderas franjirrojas y material oficial del grupo, a excepción de todo que contuviera la calavera oficial del grupo; además de asegurar que los registros y la entrada al estadio, hasta ahora hechas en condiciones indignas para una persona, se corregirían. Todo ello, por supuesto, no solo para este partido, sino para el resto de la temporada.

Aún considerando insuficientes las medidas, Bukaneros, ante las peticiones del rayismo, el compromiso de la directiva y el total merecimiento de la plantilla, decidimos celebrar la buena noticia como mejor sabemos: haciendo del partido una fiesta. En beneficio de nuestra ADRV y porque nuestras ganas de no abandonar el barco siguen tan vivas como el primer día de nuestra fundación.

Los rayistas poblaron las gradas del Estadio de Vallekas. Unas gradas, que todo sea dicho, y esto es un gran motivo de orgullo y alegría, cada vez se ven menos llenas de aficionados rivales cuando nos visitan los equipos mediáticos. Todavía recordamos tiempos en los que un gol de Madrid se cantaba por un sector muy importante del Estadio. Esto cada vez forma parte más de estampas del pasado.

Por parte del Sector visitante, su grupo ultra, no pudo entrar en el Estadio. Tras adquirir las entradas para el partido, fueron retenidos en Plaza Castilla, y se les prohibió la entrada al campo. En otra muestra más de la ilógica que desgobiernan las decisiones los responsables de ésto. Los que sí pudieron entrar, fueron unos 100 miembros del engendro creado por Florentino, la Grada Fans que pudo introducir material de grada y tifo reciclado incluido, algo prohibido para los locales.

Con nuestro número 118 del Fanzine bajo el brazo, entramos los insumisos del fondo Wilfred Agbonavbare. Tres pancartas presidían nuestra grada: la de «Vallekas 1924», la de «ADRV 1924», y la oficial del grupo censurada, huérfana de las letras que la dan significado. Evidenciando lo absurdo de las medidas de la LFP.

Con el pitido inicial comenzó el partido pero no la animación. El estadio guardó los 12 minutos tradicionales de silencio. hasta que en dicho minuto con un atronador «Tebas vete ya», la marea naranja rayista se desató. Con un sencillo, pero efectivo tifo de globos naranja, comenzaron las coreografías de nuestra grada, que sobreponiéndose a la falta de bombos y megáfonos, siguieron las diabluras de sus speakers desde sus púlpitos.

Mientras, en el campo el equipo lo daba todo, dominando un partido hasta su descanso. Los millones no podían con la entrega y el juego desplegado por los nuestros. Tras el descanso la gasolina, como dijo Jémez, se fue apurando en los nuestros, y el Madrid asestó dos golpes que le dieron la victoria. En esos instantes, es cuando se dejaron notar algo la afición visitante, desplegando con poca pericia su tifo, comprobándose que la pasión no se compra ni se monta en un par de días; que la pasión no se vende ni se subasta.

Así llegamos al final del partido, con el disfrute local, puesto que el derroche de los nuestros para nosotros es nuestro alimento. Cuando uno lo da todo, no está obligado a más.



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