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ATHLETIC – RAYO La Grada

Hay formas y formas de volver. El destino reservó a nuestro Rayo la mejor. Porque no hay mejor forma de regresar, tras ocho años de espera, que hacerlo en La Catedral del fútbol. San Mamés fue testigo de excepción de una vuelta que, por todo, será inolvidable para los centenares de rayistas desplazados, muchos más de lo que los propios encargados de seguridad bilbaínos se esperaban. Quizá fuera porque hasta unos días antes no se supo que se levantaba la huelga de futbolistas o porque no están acostumbrados a muchas visitas, pero las entradas para la zona visitante se acabaron. Y para el resto de las zonas del estadio, porque los rayistas tiraron de ingenio y sacaron localidades de otras partes. Resultado: una jaula visitante a rebosar, más rayistas repartidos por otras zonas y otros en los bares sin entrada.

Antes de los malabarismos para la reubicación disfrutamos de la primera previa del año, unas horas en las inmediaciones del estadio bebiendo con todos los desplazados, una tradición con la que no van a poder acabar ni los malditos horarios impuestos por la LFP (el partido arrancaba a las 16.00h). Porque el fútbol no es de ellos, no es sentarse a verlo por televisión, es preparar un desplazamiento con apenas unos días de margen a cientos de kilómetros sólo para entrar en San Mamés y alucinar, o sólo para pasarte todo el partido manteniendo la pancarta del grupo y no ver nada del juego, o sólo para pasarte 90 minutos animando sin importar si tu equipo va perdiendo.

 

Porque cuando has estado en Fuenlabrada, Cobeña o Lanzarote, sólo cuando has acompañado a tu equipo a campos de césped artificial, sin gradas o en pueblos que no aparecen en el mapa, sólo entonces sabes apreciar de verdad qué significa visitar el estadio del Athletic. Y allí estábamos los rayistas, apretados, animando sin parar, empujando al equipo para que lograra el gol del empate. Y este llegó. Y hubo abrazos, saltos, caídas, sonrisas y, por qué no, alguna lágrima. Porque sólo el que estuvo en Bilbao sabe lo que supuso el primer gol en Primera tantos y tantos partidos después. Y no podía ser otro que Movilla.

Empujamos, cantamos como nunca, o como siempre, para conseguir el gol de la victoria. Y lo tuvimos muy cerca, pero esto es el Rayo, en casa del humilde nunca sale todo perfecto. Tampoco nos importó.

Con el pitido final, lejos de callarnos, continuamos la fiesta en la grada hasta el punto de ser despedidos, como ya sucediera en nuestra visita en Copa, por la afición local con una ovación. No sólo alucinaron con la animación rayista, no sólo cae simpático el Rayo por allí, es que también en Bilbao se entiende de fútbol como en ningún sitio y lo que vieron fue un equipo al que muchos han condenado al descenso antes de empezar jugar de tú a tú a todo un Athletic.

 

Con La Catedral vacía y nuestros jugadores estirando en el césped tras el empate, retumbaba un cántico: “…Ya estamos aquí”. La seguridad tuvo que entrar en la grada para obligarnos a marcharnos. Nos resistíamos a que aquello acabara ya.

 

De vuelta al bar, a hacer el postpartido antes de regresar al barrio con la certeza de que el Matagigantes ha vuelto… y va a dar mucha guerra.



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