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Rayo 1-0 Osasuna, La Grada

Tan sólo unos días después del desplazamiento a Valladolid, donde cosechamos un más que valioso empate, tocaba medirse a otro de los oponentes directos por la permanencia, con el objetivo de seguir con la dinámica positiva en cuanto a juego y resultados que llevábamos desarrollando durante todo el mes de marzo. En esta ocasión el rival sería el Osasuna. Por todos es conocida la buena relación entre la afición rayista y la rojilla, por lo que este debía de ser un día de fiesta para todos los aficionados al fútbol, pero que volvería a quedarse en un partido más debido a los horarios impuestos por la Liga de Fútbol Profesional de Javier Tebas. Miércoles laborable a las ocho de la tarde, ni más ni menos. Ideal para los rayistas que trabajen hasta tarde, o para los que vivan fuera del barrio, sobre todo, para los aficionados navarros que tuvieran intención de viajar a Vallekas para animar a su equipo.

Pese a todo, esto no fue óbice para que el Estadio, y más en concreto el Fondo, volviera a lucir un aspecto increíble, con una buena entrada pese a las circunstancias adversas. Gran parte de culpa del buen ambiente que reinó la tuvieron los chavales de la Horda Juvenil, que culminarían la conmemoración de su décimo aniversario con un gran tifo, realizado y ejecutado en su totalidad por ellos.

Porque podemos decir orgullosos que la Horda Juvenil es una de las mejores ideas que hemos tenido a lo largo de toda nuestra historia. Idea que nació en el año 2003, hace ya más de una década, y que se proponía aglutinar a toda la gente joven del grupo con el objetivo de canalizar todas sus ganas, de crear una pequeña familia dentro de una mucha más grande. Diez años después, y tras varias generaciones que han pasado por ella, la Horda Juvenil está más viva que nunca. Prueba de ello fue todo el fin de semana de celebraciones que se marcaron nuestros chavales, y que sin duda merecía un broche de oro como este. Torneo de fútbol y futbolín, fiesta, charla sobre su historia… y por último un tifo que resume el sentir de todos y cada uno de ellos.

Mediante dos grandes pancartas, una en la parte de arriba del Fondo y otra colgada en la valla, nos mandaban un claro mensaje: «No seremos jóvenes para siempre, sí rayistas hasta la muerte». Porque nadie nace siendo ultra, sabiendo tifar o pelear, estas, como muchas otras cosas, se van adquiriendo con el paso de los años. Lo que sí tienen claro nuestros chavales son los colores que defenderán para siempre, la franja roja que les cruza el corazón desde niños y que seguirá ahí hasta sus últimos días. Acompañadas las pancartas por dos grandes estandartes con los símbolos de la Horda Juvenil colocados en los vomitorios, y un mar de material de grada en el centro de nuestra grada, el resultado fue realmente vistoso.

Y un tifo más para la colección. Mientras la escasez de tifos en el resto de estadios es una evidencia, en el nuestro esta segunda vuelta estamos disfrutando de uno por partido. Más grande o más pequeño, más espectacular o más humilde, pero un tifo en absolutamente todos los partidos. Un arte y una mentalidad que también ha calado hondo en los más jóvenes del grupo.

En el terreno de juego los nuestros se enfrentaban a una nueva final, no podíamos dejar escapar estos tres puntos si queríamos permanecer una temporada más en Primera. Ellos lo sabían, y la afición también, por lo que el Estadio de Vallekas volvió a convertirse en una olla a presión.

Por desgracia, al igual que en el partido contra el Sevilla del pasado mes de febrero, tuvimos que ver cómo la Policía trató de forma denigrante a los desplazados rojillos, con Indar Gorri a la cabeza, obligándoles a retirar una de las banderas que tenían colgadas en la grada. Una vez más, un episodio desagradable en el que no pudimos hacer más que solidarizarnos denunciando con cánticos en ese mismo momento que los derechos de los seguidores volvían a ser pisoteados, y lo que más nos duele, que se haya convertido en algo habitual en nuestro estadio.

Con el empate a cero en el marcador llegábamos al final del encuentro, cuando José Carlos provocó un penalti que hizo que la grada se viniese abajo. El encargado de transformarlo no podía ser otro que Larrivey, que mediante trabajo, y sobre todo muchos huevos, ha conseguido meterse a la afición en el bolsillo, demostrando una vez más que no hace falta tener mucha calidad para ganar partidos. Definición impecable del argentino, que conseguía la victoria para nuestro equipo y traía la locura a Vallekas.

Esta vez no sonó La Vida Pirata. Toque de atención para todos, para que nadie afloje en la animación, y también reservada para la visita tres días después al Bernabéu. Eso de cantar La Vida Pirata cuando no se ha reventado animando durante el encuentro, o se ha empatado o perdido, o con 30 personas en la zona visitante como ha ocurrido este año en algún viaje en el que no hemos estado, es simplemente desvirtuar la canción que en su día inventamos. Somos así, tan especiales como maniáticos. Siendo así es como hemos levantado esto, resucitado al muerto, porque empezábamos a creer de verdad que la salvación era muy posible, y la teníamos al alcance de nuestra mano. Y eso en Vallekas se celebra así:



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